Entre líneas: el cuento o la vida, de Luis Landero
21 mar 2012 Dejar un comentario
Aunque esto no es un cuento, resulta que sí hay un personaje, un profesor de lengua y literatura al que vamos a llamar Manuel Pérez Aguado (Manolito para los amigos; en el estrado, don Manuel), que es un nombre que no compromete a casi nada, y apenas nada evoca. Quizá la única nota pintoresca en él sea precisamente el hecho de ser profesor de literatura en estos tiempos. Hace poco fue a un banco a solicitar un crédito porque anda con ganas de introducir mejoras en el piso. Le demandaron la profesión, invitándolo así a demostrar su solvencia social. Él dijo: «Profesor de lengua y literatura en un instituto de bachillerato», y como el empleado lo mirase por un instante con cierta preocupación no exenta de estupor y piedad, Pérez apartó los ojos y se sintió como el protagonista de El castillo de Kafka: un agrimensor que no ha sido llamado y cuyos servicios no son tampoco necesarios, pero que sin embargo está ahí: gravoso, obstinado y absurdo. Entonces Manuel Pérez Aguado pensó que, al presentarse como profesor, era tanto como si hubiera dicho: soy-alguien-que-sabe. Porque, en efecto, lo primero que podría decirse de un profesor es que es-alguien-que-sabe. El empleado, con su mirada, parecía sin embargo decir: no sabrás tanto cuando no consigues convertir tu conocimiento en dinero, cuando tu sabiduría no te luce en la nómina. Y Pérez se llevó una mano a la cara y hubo de bajar los ojos ante el escándalo de aquella paradoja.
La insolación, de Carmen Laforet
12 feb 2012 Dejar un comentario
Era como viajar hacia el centro del mismo sol. Pasaban pitas, chumberas, pueblos como muertos. A veces, naranjeros, huertos grises, filas de palmeras quemadas. Todo el color lo comía la luz.
A veces se detenían en un poblado para repostar agua y entonces acudían chiquillos medio desnudos, morenos, desgreñados. Brotaban de pronto entre una calle vacía. Moscas, infinitas moscas asaltaban el vehículo. Aparecían guardias civiles. En otros sitios, falangistas, soldados también. Saludaban al padre de Martín. Luego la carretera.
Martín se durmió al salir de Alicante con el fresco de la mañana y cuando se despertó con la boca seca, raspándole la garganta, doliéndole los ojos, se encontró con aquella luz y aquella polvareda de los caminos.
Cambió de postura en el asiento sintiendo hormigueo en una pierna. El sudor le pegaba la camisa a las costillas, pero el sudor era un alivio al fin y al cabo. El padre de Martín, Eugenio Soto, iba delante junto al chófer y el chico pudo ver su nuca poderosa y curtida y sus espaldas anchas dentro de la camisa caqui. La sahariana colgaba del asiento.
La senda del perdedor, de Charles Bukowski
22 ene 2012 Dejar un comentario
La primera cosa que recuerdo es estar debajo de algo. Era una mesa, veía la pata de una mesa, veía las piernas de la gente, y una parte del mantel colgando. Estaba oscuro allí debajo, me gustaba estar ahí. Debió haber sido en Alemania, yo debía tener entre uno y dos años de edad. Era en 1922. Me sentía bien debajo de la mesa. Nadie parecía darse cuenta de que yo estaba allí. La luz del sol se reflejaba en la alfombra y en las piernas de la gente. Me gustaba la luz del sol. Las piernas de la gente no eran interesantes, no eran como el trozo de mantel que colgaba, ni como la pata de la mesa, ni como la luz del sol.
Luego no hay nada… luego un árbol de Navidad. Velas. Adornos de aves: Aves con pequeños racimos de frutas en sus picos. Una estrella. Dos personas mayores peleándose, gritando. Gente comiendo. Siempre gente comiendo. Yo también. Mi cuchara estaba doblada de tal forma que si quería comer, tenía que cogerla con mi mano derecha. Si la cogía con la izquierda, se apartaba de mi boca. Yo quería cogerla con la izquierda.
Sanidad privada: en efectivo, por favor.
15 ene 2012 1 comentario
in En el día a día Etiquetas: efectivo, evasión de impuestos, fraude, sanidad, sin factura
Con ocasión de ciertos problemillas de salud de dos miembros de la familia, he tenido últimamente la necesidad de acudir a diversas «minimultinacionales» de la sanidad de mi ciudad. En total fueron tres diferentes centros de servicios médicos, en concreto, dos clínicas privadas y un instituto radiológico. Pues bien, en las tres ocasiones, ya en la puerta y acabada la visita, se me repitió la misma sensación de perplejidad, primero, y de aversión, después. Demasiado contraste: de un lado, buena atención del personal, diseño cuidado de la instalación, tiempos de espera razonables y limpieza rayando la esterilización, y del otro, a la hora de saldar la cuenta, aquello se convertía en el sórdido trapicheo callejero de unos cuantos billetes manoseados cambiando de dueño. Un acto falto de ética, y hasta de estética.
Cuando mi suegra me lo sugirió, «lleva dinero en efectivo», se me antojó un disparate, «esta mujer vive en el siglo pasado», pensé, «si hasta en el kiosco te cobran con tarjeta». No sé qué pensaría ella ni qué le diría a mi mujer cuando se quedaron solas delante del mostrador, mientras yo, rabioso, salí en busca de un cajero automático.
Aquello tenía tufo a fraude y a poca vergüenza. Ingenuo de mí, pensaba que esto de no hacer factura había quedado relegado a un par de mecánicos de automóviles y al gremio de fontaneros. No imaginaba que tan estirados señores, médicos, abogados, arquitectos, dentistas…, fueran tan dados al fraude en cuestión. Añado estas otras profesiones porque, enfurecido por la cuestión, no he podido dejar de comentar el caso con algunos amigos y familiares, y todos ellos tienen experiencias análogas con alguno de estos profesionales liberales.
En esta época de crisis económica queda especialmente de manifiesto, y resulta mucho más indecente, esta falta de valores y de moralidad. Viendo la situación general de los países europeos he llegado al convencimiento de que el nivel de apuro y de dificultades económicas de éstos es absolutamente proporcional al grado de corrupción que padecen.
Porque cuando la corrupción de políticos y grandes empresarios se vuelve tan manifiesta en nuestra vida diaria, a través de los periódicos y de los canales de televisión, se instala en las gentes la sensación, real y justificada, de que no hay castigo, o de que éste es vergonzosamente módico, de que nadie devuelve nada de lo robado y de que todos los culpables se van de rositas más pronto que tarde. A partir de aquí, es cuestión de poco tiempo que se vaya generando en la gente común cierta tolerancia frente a este tipo de actos, de forma que muchos se sienten, en su ámbito, habilitados a obtener un beneficio ilícito. Incluso personas de buenísimos modales, intachables esposos y vecinos, con comportamientos ejemplares en otros aspectos de la vida, no se sonrojan a la hora de defraudar al fisco o meter la mano en la bolsa común. Finalmente, la masa social, más receptiva a los malos ejemplos que a los buenos, termina por no sorprenderse con estas conductas escandalosas y por establecer que quien pudiendo no haga lo propio, es bien lerdo.
La razón del mal, de Rafael Argullol
14 ene 2012 Dejar un comentario
in De los libros Etiquetas: rafael argullol
Primero hubo varios rumores, luego incertidumbre y desconcierto, finalmente, escándalo y temor. Lo que estaba a flor de piel se hundió en la espesura de la carne, atravesando todo el organismo hasta revolver las entrañas. Lo que permanecía en la intimidad fue arrancado por la fuerza para ser expulsado a la obscenidad de las miradas. Con la excepción convertida en regla se hizo necesario promulgar leyes excepcionales que se enfrentaran a la disolución de las normas. Las sombra se volvieron sombrías cuando se constató que la memoria acudía al baile con la máscara del olvido. Y en el tramo culminante del vértigo las conciencias enmudecieron ante la comprobación de que ese mundo vuelto al revés, en el que nada era como se había previsto que fuera, ese mundo tan irreal era, en definitiva, el verdadero mundo.
Y, sin embargo, antes de que los extraños sucesos se apoderaran de ella, se trataba de una ciudad próspera que formaba parte gozosamente de la región privilegiada del planeta. Era una ciudad que, a juzgar por las estadísticas publicadas con regularidad por las autoridades, podía considerarse mayoritariamente feliz. Se dirá que esta cuestión de la felicidad es demasiado difícil de dilucidar como para llegar a conclusiones. Y, tal vez, quien lo diga tenga razón si se refiere a casos individuales. Pero no la tiene en lo que concierne al conjunto…
Los triunfadores y la moderación
12 ene 2012 Dejar un comentario
in Cuadernillo de apuntes Etiquetas: moderación, triunfador
Para una persona tímida como un servidor siempre es turbador ver el desparpajo de los galanes de Hollywood en aquellas comedias americanas en blanco y negro. Actores que encarnaban al hombre de mundo, al triunfador, al extrovertido y simpático, a lo que podríamos resumir como el hombre de éxito de la época —quizá de todas las épocas.
El tímido congénito se queda deslumbrado ante ese ser que en la pantalla camina con paso decidido y la cabeza bien alta por las calles de una intuida Nueva York. Es primera hora de la mañana, el sol brilla y todo parece por estrenar mientras nuestro hombre despliega su encanto y saluda a diestro y siniestro: simpático guiño al dueño del puesto de fruta en el momento de tomar una manzana —de un rojo magnífico, a pesar del blanco y negro— y llevársela a la perfecta dentadura; gesto cordial al anciano del kiosco, mientras coge un periódico casi sin aflojar el paso, dejando siempre el precio exacto, o tan aproximado que jamás precisa cambio. Si nuestro hombre llega a un hotel siempre llama por su nombre al portero y no es de extrañar que se interese por su familia y, por ejemplo, le pregunte por los estudios de sus hijos. Si sale a comer saludará cariñosamente a la afanada camarera, ocupada de la mañana a la noche en llenar las tazas de café de los clientes con la jarra que enarbola en su mano como un apéndice avanzado. Si decide que le sobra algo de tiempo y se demora en la barbería es muy posible que le confíe al barbero, de cuya vida sabe tanto como él mismo, alguna sugestiva confidencia o el indefectible soplo para la cuarta carrera. A la salida del trabajo, si pasa por el garito de siempre no habrá allí quien no le conozca o le salude, ni faltará quien le pida un consejo, oyendo como dogma de fe su atinada recomendación. Conoce por sus nombres a no menos de cuatro taxistas en la ciudad y a los porteros de media docena de night clubs de lo más selecto. Mientras, el tímido congénito observa la escena en la distancia, encogido en un rincón de la barbería, del garito, del restaurante, del vestíbulo del hotel.
Ellos son el amigo fiel, el jefe comprensivo, el ciudadano ejemplar, el soltero de oro, el cliente ideal, el mujeriego simpático, el vecino servicial, en fin, el paradigma de nuestra civilización.
Tienen, no obstante, una pega: cansan, cansan mucho y hasta a veces irritan. Estos atributos, tomados de uno en uno, son admitidos de buen grado y deseables, pero cuando se concentran nos sentimos abrumados por tanta perfección, quedamos hastiados a corto plazo, porque el común de los mortales no tolera bien y por mucho tiempo tanta excelencia. En el fondo, nos sentimos mucho más cómodos en los gestos sobrios, en la actitud discreta, en el trato comedido, en la moderación, al fin y al cabo. Aunque el término esté, por culpa de la política, tan desprestigiado. Es preferible, incluso, el defectillo perdonable, la salida de tono ocasional de tanta moralidad, un pequeño grado de maldad, cierta porción de ruindad que nos haga soportables.
Libertad, de Jonathan Franzen
09 ene 2012 Dejar un comentario
in De los libros Etiquetas: Franzen, libertad
La noticia sobre Walter Berglund no apareció en la prensa local —Patty y él se habían trasladado a Washington dos años antes, y en Saint Paul ya no contaban para nadie—, pero la aristocracia urbana de Ramsey Hill no era tan leal a su ciudad como para privarse de leer el New York Times. Según un largo y nada halagüeño artículo de este periódico, Walter había arruinado su vida profesional allá en la capital de la nación. Sus antiguos vecinos tenían ciertas dificultades para conciliar los apelativos que utilizaba el Times para describirlo («arrogante», «prepotente», «éticamente dudoso») con el rubicundo, risueño y generoso empleado de 3M al que recordaban pedaleando bajo la nieve de febrero por Summit Avenue, camino de la oficina; resultaba extraño que Walter, más verde que los Verdes y él mismo de origen rural, tuviera ahora problemas por actuar en connivencia con la industria del carbón y abusar de la gente del campo. Aunque, la verdad sea dicha, con los Berglund siempre había habido algo que no terminaba de encajar.
Walter y Patty fueron los jóvenes pioneros de Ramsey Hill: los primeros graduados universitarios en comprar una vivienda en Barrier Street desde que tres décadas antes el antiguo corazón de Saint Paul se viera sumido en tiempos difíciles. Compraron una casa victoriana a precio de saldo y luego, durante diez años, se dejaron la piel reformándola.






